martes, julio 17, 2007

Descontento organizado

Empujó la puerta y se plantó en medio, los brazos en jarra. Pablo Nascoste, revolucionario moderno, estudiante ad eternum en ciencias políticas, un fósil, vaya. Había interrumpido la clase tras solicitar la autorización del profesor, ante la aprobación simpatizante del alumnado, y venía a concientizar a los compañeros, transmitiéndoles las conclusiones de su último año universitario que aunque acaecido más bien lejos de las aulas, había sido notable por su activismo político. Traía todo lo necesario: un pliegue con peticiones para agregar la firma que no dudaba recolectar entre los presentes; y una alcancía para la cooperación pecuniaria al movimiento.

Hasta su incursión en la APP, Pablo había evitado plantearse cualquier pregunta sobre su futuro, arrastrando los días uno a uno, con una inercia que le pesaba y a la que no veía fin ni descanso fuera de la farra del viernes complementada con una que otra aventura agridulce de faldas. Un alelamiento voluntario de la conciencia, acaso por no confesarse que en cuanto a porvenir se refería para un estudiante mediocre como él y de una facultad de por sí devaluada, no habría nunca un empleo.

Fue por entonces cuando se topó con unos compañeros que partían en tres días, en autobuses rentados ex professo, con alojamiento y comida garantizada y aun una especie de salario, afín de organizar la protesta en Tataca, en beneficio de las comunidades locales y en contra, claro, del gobierno. Su trabajo –se le aseguró- sería de proselitismo: la explicación convincente del movimiento a los desfavorecidos, con tantas razones y tangibles de descontento. En otras palabras, la labor importantísima de apóstol político. Mas muy pronto pudo verificar que su trabajo en los engranajes del movimiento sería aquel menos glorioso, aunque igual de necesario de hacer bola.

Se dio cuenta en el trayecto, a la subida misma del autobús, cuando un jefe de sección les impartió el discurso inaugural que recibirían como única formación:
- Hijos de …, el gobernador…, no, nos vamos a dejar…., por la defensa de la dignidad…, porque así …lo exige, hijos de …y una multitud de puntos suspensivos que rellenar con la jerigonza que a cada lector le proponga su conocimiento personal de la lengua.

Lo bueno es que Pablo Nascoste no era ningún idealista, al contrario de un par de chicos en los asientos de alado y a quienes desilusionó lo poco elevado de ese proemio. Pero, ¿qué eran dos voluntarios en un movimiento donde parecían haberse dado cita todos los descontentos organizados del país? Nada, unos eludibles granos de arena, porque el autobús estaba atiborrado de prosélitos y le seguía un convoy de 20 o 30 a la zaga, también a reventar del puro entusiasmo.

El entusiasmo, sin embargo, no fue expansivo. La ciudad, punto de confluencia de los movimientos de protesta, recibió a los miembros de la APP, con franco espanto. Sus habitantes vivían del turismo y las malditas asociaciones insistían como adrede en quererlos arruinar con actos que los periódicos no calificaron de vandalismo, pero que habría sido difícil llamar con otro nombre.
Pues a los minutos de llegados y siguiendo el ejemplo de los grupos que los precedían, los miembros entusiastas de la Asociación Para el Pueblo, del que formaba parte Pablo Nascoste, se dieron a la alegre quema politica de autos y edificios. Mientras en los pequeños comercios, la gente tras ponerse a salvo, a veces en camisones y con los pocos bienes que les cabían en los brazos, los maldecían.
No parecía, en efecto, sino que trabajaban para las grandes empresas y no para el pueblo. Esas eran las únicas en poderse reponer de las pérdidas inmediatas, o bien de aguantar hasta el regreso de la clientela dentro de meses, cuando se hubiera olvidado la inseguridad que bajó como chahuistle de autobuses y que con el pretexto de llamar la atención sobre las injusticias, puso en la calle a un buen número de connacionales.
Ex capitalistas y ex propietarios quienes tras el cierre de sus negocios pasaron a engrosar las filas de los proletarios en Tataca, mientras el proletariado local de base se hambrearía a sus anchas al quedarse sin empleo fijo, ante la quiebra en cadena de los comercios, y sin el alivio de los temporales, por la desaparición hasta en el recuerdo, de las temporadas altas. Pero es un hecho que las protestas, gloriosas o no, tienen su precio.

1 Comments:

Blogger Stratego said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

1:42 p.m.  

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