martes, julio 29, 2008

Encuentros espontáneos

De haber sabido con tiempo, habría preparado un poco el reencuentro, en lugar de presentarme tal cual -como ese día con un ataque de misantropía por digerir, disgustada con el mundo- a una reunión de amigos.

- Aequis, te acuerdas de ***

- Sí, claro, qué susto. Eh... gusto, digo: gusto.

Habría, por ejemplo, también podido elegir otras ropas, algo en cualquier caso menos pastel y festivo que mi vestido de holanes, rosa durazno.

- Aunque, no siempre me visto así.

O considerando la inutilidad del justificarse, descartado de tajo los detalles fútiles y complementarios que me saltaron sobre la lengua:

- Hacia un rato, desde esa vez.

Mostrádome quizá un punto comprensiva, sin ningún improperio ni aun sincero:

- Te portaste como un cerdo.

Vaya, sido “gente”, observando a los demás con el interés básico de quien sigue a grandes rasgos la conversación-no obstante, su inquietud-, y se abstiene -en absoluto- de irrumpir con preguntas del tipo:

- ¿Quiénes dicen que rompieron?

Por prudencia, por no estar al tanto del sujeto de la charla para, cuando un haz de miradas lo señalan tan indiscutiblemente a uno como el tema, optar por una ignorancia muda, santa.

Pero si me venía en gana darme por aludida -segun me dio-, prever entonces pañuelos suficientes para mí y mi ex pareja, y una frase de salida menos teatral que:

- Un momento, debemos hablar... a solas.

Y puesto que de hablar se trataba, escoger mejor el barrio o la hora. Desconfiando de los vagos dueños de las calles:

- Esta es mi acera.

De los mariguanos:

- ¿Me prestan?

Y de esa noche completa en particular.

lunes, junio 23, 2008

confinar el cuerpo

Tracé un círculo para encerrar el día
y una línea para marcar la noche
con la huella de tu saliva
con el nombre de lo que no se mira

tracé un círculo y una línea
para confinar el cuerpo
bajo el cielo abierto
de tu boca como entre muros ciegos


Tracé un círculo con los pies quedos
para guía de los labios nuevos
para marcar el día, aprehender la noche
en el abrazo del juego más viejo

y una línea para guía
con la huella y el beso frescos
para marcar el cuerpo con lo que no se mira
en el ojo negro de mi sexo abierto

martes, junio 10, 2008

Colateral

Voy a ser tía y es un hecho que no estoy preparada. Hace un mes, empezaron por encargarme la organización del baby-shower, un anglicismo que según antes le expliqué a un amigo, es:
"La reunión previa al nacimiento, con la presencia exclusiva de la porción femenina entre las amistades y familia. Todas extasiándose a cual más más frente a la panza enorme de la futura madre."

Miento, eso es lo que debí de haber contestado, en realidad respondí sinceramente a mi costumbre:
- Bébi-chauer equivale a la expresión “Me cayo el chahuistle”.

Seguido por la definición simplificada de chahuistle como:
"Plaga
fulminante que invade los árboles con un polvo naranja de textura aterciopelada."
Y el recuerdo de una hoja retorcida con la colonia del parásito incrustada en la savia.

Luego me pregunté si no exageraba. Pero no exagero, un hijo se sitúa de por su sola berreante aparición en el primer plano. Y para los familiares se visualiza una tiranía del más débil, la tiranía del bebé. Ayer mi cuñado me mencionaba tras una buena cena, cuando ya me retiraba:
- Qué baby-sitter tan cariñosa vas a ser.
Mientras yo hacía bizcos.
-
¿Bébi? ¡sitér! ¿cariñosa? No, no creo.
Y a continuacion una sonrisa de mi parte, con los músculos
que casi me chirriaban en la cara:
- ...Yo me ocupo de literatura, háblenme para la escuela, le armo entonces al sobrino un programa genial de lecturas. Es una cuesti
ón de lengua, en español no hay bébis- con -sitér, y puesto que yo escribo en castellano no podría hacerle de una.
Para terminar:
- Gracias por la cena.


A la fiesta de la plaga o bebé que cae o llega, intenté en serio organizarla. Pedí consejos.
- Hay que dar regalitos, objetos hechos a mano con cualquier cosa.
Y una amiga me trajo dos ejemplares. Una botita rosa y un babero azul, ambos en papel:
- Son de papel sanitario, si tienes el don de las manualidades logras lo que quieras.
No lo tengo.


Al respecto me lamentaba con otro amigo, un encanto de hombre que teje él mismo sus prendas, tras haber declarado a las manualidades terapéuticas.
- Paciencia.
- Es una tiranía.
- Nada
más al principio, luego te acostumbras.

lunes, mayo 12, 2008

1

En total se embarcaron 101, quizá más, difícilmente menos. Partieron del puerto de Los Palos hacia Narragonia del Nuevo Mundo. Dicen los mal pensados y lenguas que salpican de lo puro venenosas que Narragonia, el lugar de destino, viene de la palabra alemana Narr o necio, insinuando que vamos a la Atlántida de los locos, en apariencia perdida desde la antigüedad en las aguas profundas del océano imbécil y que por alguna razón retomó sobre el mapa su ubicación y verdadero nombre para nuestro viaje.

Confieso que de no formar yo misma parte del pasaje, no tendría mayor inconveniente en aceptar esta teoría, hallándola para relamerse los bigotes sobre las bromas que dirigir tanto a los turistas como a los habitantes de la dicha isla. Pero habiendo, por el contrario, ya desembolsado el precio del boleto, preferí iniciar esta bitácora para que el relato de los hechos desmintiera por sí solo esos rumores de insanidad.

Como era una promoción –“el crucero más barato del mundo” decía la publicidad- apenas fue una sorpresa hallar a un par de amigos durante el embarque, Aramis y Panuncia. En cambio, lo único que me impidió gritar cuando me encontré -uno tras otro a casi tres decenas de conocidos- fue la constatación de la urgencia de vacaciones y la dificultad de convertir la escritura en dinero. Pues mi treintena de conocidos, amigos y yo, somos escritores que no vivimos de la pluma. No por falta de talento -según afirman, juran y consuelan quienes nos conocen- sino porque estamos empezando.

El resto de los viajeros lo constituye un amasijo entre pieles ardidas y lechosas de naciones de lenguas extranjeras, aglutinadas como en la ONU en torno al inglés y francés, que sospecho comparten también una misma profesión, pero ignoro cual, porque por un acuerdo tácito decidimos no hablarnos, habiendo aun en el comedor organizado las mesas en continentes con fronteras gastronómicas infranqueables a los miembros ajenos, gracias a quesos fermentados, pudines intragables o salsa picante.

El nombre de nuestra embarcación es la Medusa, una fragata robada probablemente a un museo con tres mástiles y ocho velas. La única manera de enfrentar la carestía de los carburantes, vía el recurso hasta hoy gratuito del viento, y de ofrecer los asequibles precios que nos engancharon, y merced a los cuales estamos aquí. El nombre desde el principio me causó inquietud, en más de un sitio había yo leído sobre eso, alguna escalofriante historia de naufragio:

- ¿Que no se hundió un barco, también fragata en las costas de Guinea? Interrogué a un viejo mozo de cubierta.

- Encalló, señorita, encalló.


En mi camarote, lo platiqué con Aramis, mi amigo:

- Los nombres son importantes, insistía yo, tratando de abrir un debate con la persona menos adecuada, porque cómo se le había ocurrido tomar ese anacrónico pseudónimo de mosquetero.

- Sí, pero ¿ya viste el mascaron?

Una, en verdad, imponente mujer de dos metros tallada en madera sobre la proa, cuyos senos erguidos abofeteaban los vientos.

- …Pues, con esa efigie me voy al fin del mundo.


Y zarpamos. Al día presente contabilizamos tres semanas de navegación, y la rutina se ha por fin establecido tras las primeras jornadas tan penosas con mares de vómitos, rostros plomizos y ojos a punto de escupirse, nauseabundos. Al respecto, sólo constato que aun el vomitar retoma la sonoridad familiar al lenguaje materno -una especie de tonalidad en el esófago y forma peculiar de regurgitar- en donde los anglosajones resultan francamente nasales, los galos guturales, y nosotros tirando a falsete durante el momento crítico en que se arremolina el aire en el interior, cuando el bocadillo carcomido de ácido sube y está por asomarse.

Además, el asco siendo contagioso, se organizaron concursos espontáneos del tal deporte sin ningún reparo por el lugar, sobre cubierta, en los camerinos, pasillos y hasta comedor. Y no era raro hallarse a gente en cuatro patas con cara de estar devolviendo el alma. Un alma que los de limpieza clasificarían en chícharos o berros a la salsa gástrica con niveles diversos de bilis.


En tiempos normales, la bilis no me define, a pesar de mi signo capricornio con predominio de Saturno y en consecuencia -se esperaría- melancólica. Una prueba más de la fuerza de voluntad, pues hace tiempo decidí ya no serlo. Sin embargo, el régimen alimenticio de esos días me adelgazó el pellejo, debilitó el organismo, hinchó el bazo con una gran cantidad de bilis negra que me subió en vapores a la cabeza y, no obstante, los vómitos reiterativos terminó por regresarme a la influencia de los astros, al capricornio, con un ataque inusitado de pereza. Estuve 48 horas tendida boca arriba al compás embriagante del barco, bebiendo agua para tener que vomitar, sucia y, por única actividad, el desquitarme con las moscas cuando las atacaba de pronto con el contenido irrefrenable de mi estómago. Llegando a disfrutar su agonía si le atinaba a una, ahogada paradójicamente en esa abundancia de alimento, en la bolsa plástica del bote repleto.

Durante este período a mis conocidos, por fortuna, no los vi. Nos encontramos en la cuarta noche, para la cena. Todos pálidos y con perfume o lociones como para provocar otra crisis, y aunque faltaban algunos todavía recluidos en sus camarotes, afín de conservar las buenas migas me abstuve en absoluto de visitarlos. Hay cosas que no perdonan, el amor propio es una de ellas. En cuanto a mí estoy segura habría odiado al que me viera esa mañana antes de la ducha.

El capitán que rotaba por los continentes lingüísticos de su pasaje -anglo, franco e hispanófonos- nos honró en esa ocasión con su presencia.

Hablaba de su fragata más y mejor que de su esposa, hijos o patria que para él tenían una semi existencia, porque su universo era la Medusa de donde aquéllos estaban ausentes. Afirmaba que el futuro de la navegación residía en los buques con vela y casco metálico. En Narragonia, nuestro objetivo, nunca había estado, pero iría al triangulo de las Bermudas o a la Luna, de hecho, excepto por las costas centro occidentales de África, viento en popa, a cualquier destino.
Entre dos platillos intercalé:

- Oí, la Medusa encalló en Guinea.

El hombre, no calló -estaba callado-, mas el efecto fue igual. Un silencio pesado, el cese general y súbito del cuchareo –nuestro menú de convalecientes era consomé, sopa y repollo- con el reproche en el ojo de mi considerada amiga Pandurcia. Mientras secamente me respondía el capitán:

- Así es, por eso jamás pasamos por allí, no nos vaya a atrapar el pasado.


Las ventajas de las velas es la independencia para su movimiento del carbón o petróleo, la desventaja el paro ante la falta de viento. En la segunda semana caímos en un anti-ciclon, las lonas colgaban suspensas en medio de los espejismos a pérdida de vista sobre la superficie mercurio parpadeante del Atlántico. Esa relativa inmovilidad nos pegó directamente en los nervios, no parecía sino que siempre habíamos navegado y algo iba a desquiciarse de nuevo. Aun Pardurcia, tan flemática sufrió saltos de humor y llegamos a disgustarnos por un verdadero cuento, un comentario demasiado sincero sobre su estilo:

- No necesitas ser tan dura.

A lo que yo respondí, descortés e implacable:

- Te digo lo que opino.


Con Aramis la comunicación sacó chispas:

- ¿Por qué no defendiste tu sitio?

- No tenía ganas.

- Debiste, era un come-pudín… eres un cobarde.

- Y tú, una loca.

Prosiguiendo la discusión sobre ese alto nivel argumental, para dejarnos de hablar hasta la llegada del barco mercantil de vapor, cuyo fracaso del motor cortó la calma y desidia a bordo de la Medusa.

lunes, abril 28, 2008

Bomba

En la calle, sobre la acera, apoyada al muro sucio de orines de perro, una valija. Los paquetes, y en particular las maletas sin dueño, desde hace dos décadas son susceptibles de explotar. En el aeropuerto habrá un par de años presencié como destruían una. La de este día, llamó para su atención un camión entero de bomberos sin sirena, que clausuró la calle con cinta plástica. Los mirones -y nunca es tarde para descubrirse esa vocación- nos aglutinamos tras la barrera un buen rato, el suficiente para haber presenciado, por lo menos, cinco explosiones. Pues los bomberos a pesar de la raíz compartida del nombre, bajan gatos de los árboles, socorren personas, y conocen, en breve, los misterios de los chorros de agua, arena y espuma para apagar el fuego; pero en cuanto a desactivar explosivos, su método opta visiblemente por iniciar la deflagración, quizá afín de mejor controlarla después.


Alrededor de la maleta: el vacío y un joven bombero aproximándose sin otro utensilio que una barra metálica con un gancho al borde. Mientras la vecindad observa de sus ventanas,
volcada fuera de restaurantes y panaderías, a la expectativa. Sobra decir que ese tubo metálico no tiene facha de profesional y que de estallar una bomba, el hermoso casco dorado de su desactivador no le serviría de nada, y que gente llega en sentido opuesto -pues Seguridad olvidó sellar la calle por el otro extremo-, y que los curiosos -acodados a 5, 10 y 15 metros como desde palcos en sus casas- están en condiciones de volar hechos añicos, al igual que nosotros a 20, estacionados sobre la acera, algunos con la taza de café en la mano, comentando:

- Miren que mueve la maleta

- de lejos

- de cerca

- con la mano

- la sopesa

-… ¡ah! sacude

- ¡ah! no explota.

- ¡qué pena!

- ¿eh?

- y la abre…

- y rompe y desguaza

… Y salta con los pies juntos adentro, afín de dejar bien claro que no hay –porque, en realidad, nunca hubo- peligro.

jueves, marzo 27, 2008

Nadie

Creo transmito inquietud y no hablo de los animales -de los caballos, por ejemplo, a quienes pongo nerviosos porque me impacienta no anden más rápido, y que apresuro a puro golpe de talón, por fortuna, sin acicates-, hablo de la gente, de mis alumnos y, en particular, de unas señoras que sufrieron ayer un ataque de histeria en plena clase. La maestra -yo- llevaba un rato planteándoles el problema de la existencia, -esas son las palabras textuales- y se entiende que les sorprendiera ese desplante de filosofía chambona en una lección de español básico. Pero el programa es el programa y yo debía demostrar que el ser algo o alguien, es diferente a no ser nada ni nadie, y tampoco es mi culpa si alguno se sintió reflejado y fue a pensar, por un segundo, la tristeza de que a lo mejor no era nadie.

La señora, mi alumna, se echó a reír irresistiblemente, y como la histeria -alegre o sollozante- se propaga, un minuto después tenía yo dos histéricas temblando hasta las lágrimas, pues había contagiado a su vecina.

Ser alguien, y en aquel instante una maestra de español con aparente dominio de sí, sonaba a algo muy difícil. Lo primero era atajar no me fueran a contagiar al resto, y contin escribiendo sobre el pizarrón los malhadados adjetivos de la negación: ningún, ninguna.

Entonces oí una risilla del otro lado del salón, otro más que se había descubierto ser un don nadie, volteé para contemplar la amplitud del desastre. La hilaridad brillaba en todos los ojos, pero contenible salvo por mi par de señoras, ahora ya rojas, al punto que temí fueran a virar su histeria a un llanto despavorido de la peor especie. Mas no, fijándose uno bien, se constataba era risa y lágrimas de risa.

Sabrán que la manera más eficaz de pasarse la sensación horrible de cero a la izquierda, es distraerse. Al respecto, el radio y la televisión son los medios más usuales, vaya cualquier cosa que arrebate al individuo no a su nulidad sino al pensamiento de que es nulo; en cambio, en una aula de clases esos económicos medios cura-don-nadies son menos evidentes. Lo bueno para mis alumnos fue que yo estaba allí, y ellos con tantas ganas de olvidar se distrajeron con casi nada, a saber, con su maestra que se limpiaba constantemente las palmas en su ropa, sobre todo al final cuando acabó blanca gis de tiza.

miércoles, marzo 05, 2008

Una fotografía

El recurso útil para los blogs en mal de inspiración, tiempo o ganas.
Del tipo:
¿Es usted un bloguista al que se le secó el cerebro a pesar de su estricta hora cotidiana frente a la pantalla? No se alarme: existe el copy paste. Sólo que, por aquello de los copy rights tan engorrosos en la actualidad, lo más seguro sigue siendo el copiarse a sí mismo, sacar del guardado, sacudiéndole las arañas a sus escritos anteriores; o mejor aun: intercalar una imagen fresquísima de usted, el autor, una linda foto a colores en donde no se ve se está a seco de ideas, alcohol o dinero. Una mía reciente, por ejemplo, vendría a continuación de maravilla.

(Aquí espacio reservado al encuadre, seguido de:)

Una foto retrato a colores de una muy pobre definición, en la que se distingue o adivina:
Un rostro ovaloide, dos ojos, una boca y también – es una suerte- una sola nariz. A Aequis -o a su retrato- efectivamente no le falta: ni mentón ni
orejas –un buen par-, eso sí quizá algunos dientes, pero el secreto queda entre nosotros y si son las muelas del juicio ¿quién lo conserva?

He dicho la foto es a colores, debí decir "a color": un ocre en toda su gama del casi negro al sil macilento. La piel es entonces ocre y la melena -¡qué sorpresa!- también, aunque de una tonalidad, esta vez muy obscura, apenas recortándose sobre el fondo -a tildar para no errarle de noche-, donde resaltan los mechones en desorden, de la cabeza en desorden...

(Aquí espacio reservado al encuadre)

¿Que mi retrato es un asco que no identifica a nadie, o bien que ya no sé ni la cara qué tengo? No los desmiento, pero para mí que la vaguedad proviene en gran parte de la foto.

viernes, febrero 22, 2008

Vergüenzas

Me lo volvió a hacer, otra vez, Roberto Bolaño: la búsqueda de un público a través de la portada. La primera fue con “La putas asesinas” y la imagen enganchadora de unas caderas femeninas en pantalones de cuero. Mas nada como en esta segunda ocasión con su “Amberes”. En donde acaso porque un nombre de ciudad resultaba bastante neutro, lo complementó con el recurso mercadotécnico, trillado pero seguro, del apoyo gráfico. Y si en las “Putas” el morbo estaba en el título, en este otro fue en la foto, una representación muy artística y visible de ramera, hetaira o meretriz, en blanco y negro.

Y sin embargo el contenido es literatura; con un problemilla, no obstante, para sus pobres lectores:
¿Con qué cara creen se le mira, en la v
ía pública, a esta su fiel lectora así enfrascada en un aparente ejemplar de dudosa literatura erótica?
Y,
cómo explicarle al pasante que aunque la portada mande otro mensaje: se equivoca; y que se trata, al contrario, de una obra de un autor en serio.


lunes, febrero 11, 2008

Español, lengua extranjera

Seguro, me vieron cara de examen. Hacia meses no les daba clases, y después de no verlos durante todo ese tiempo, llegaba a ponerles un examen. Me esperaban sentados –los alumnos son todos adultos, algunos con el cabello blanco. Empecé por fingir que la cosa era habitual y que las pruebas -el realizarlas ellos y dárselas yo-, no tenían nada para espantar aun cuando hubieran pasado 10, 20 o –digamos- 40 años desde que contestaron su último examen.

Tendrían una hora. Les expliqué en detalle las instrucciones -disfrutando casi el silencio de miedo-, enseguida me senté y saqué mi libro. Lo llevaba ex professo afín de parapetarme detrás, dizque leyendo, mientras aquéllos sudaban la gota gorda. Pero aquí me traicionó mi inexperiencia. En efecto, el volumen en cuestión era ridículamente pequeño: una editorial de bolsillo muy manuable y ligero que era una comodidad, mas que para el propósito de ocultar el rostro, de esconderme detrás, no servía. Porque con las mejores intenciones –solapas y hojas bien estiradas- abarcaba a lo sumo 7cm de altura por 12 de ancho, y tampoco lo iba a leer a la vertical. Así que lo guardé y no me quedo sino dar la cara y ver cómo las cabezas encanecidas sudaban la gota gorda de los nervios de reprobar.

miércoles, enero 30, 2008

Carta de una madre a su hija

Aequis,

Aunque siempre has sido necia, reexamina un poco lo que escribes. Y si planeas decir que tus dientes son horribles, con caries e infectados, y rematar (¡el colmo!) con el dato mentiroso de que nadie te querría besar:

Utiliza, hazme el favor, la tercera persona, no el yo.

Un él o ella indefinidos (e hijos de vecina cualquiera) pueden tener las muelas tan picadas como se les antoje y parecerse al monstruo con veneno, tu Catoblepas de la entrada anterior; pero en cuanto a ti:

Ve al dentista.

Tu madre que te adora

miércoles, enero 23, 2008

Catoblepas

Tengo unos dientes horribles. Pequeños y adelgazándose, transparentes, con bordes quebradizos. De una fragilidad propicia a las caries. Catoblepas. Precisamente ahora cuando querría. Y no porque ande yo besando a cualquiera -al contrario-, mas hoy que se me antojaba. Catoblepas.
Por culpa de dos caries: no puedo. Mejor quedarse en la duda y no preguntar:
Quién me querría lo suficiente. Catoblepas.
Los agujeros en el esmalte supuran, uno hasta la encía. La sangre se mezcla a la podredumbre.
Y mientras trago saliva, a m
í cada sorbo me sabe a veneno.
Mejor ni preguntar.


Catoblepas es un animal contra el cual Plinio fue injusto, atribuyéndole medio chícharo de cerebro para un cráneo inmenso. Caminaba como la escritura de izquierda a derecha, o en ideograma al revés; nunca en ambas direcciones. Científicos del 1700 afirmaron se trataba de un engendro del obelisco con el ñu africano. O sea, de un animal imaginario. Borges, dos siglos después, lo cataloga aún así.

Catoblepas tiene la apariencia de un búfalo pequeño. Flaubert sitúa su hábitat en lodazales, confundiéndolo -es clarísimo- con el hipopótamo. Pues nuestra bestia jamás habría sobrevivido en pantanos a causa de su cabeza: un verdadero plomo al extremo de un cuello incapaz, colgándole casi inerte hasta las pezuñas y suelo. De manera que con el hocico sumergido en el fango, seguro se habría ahogado. Vive, si vive, en un ambiente seco.


Y viene a cuento, porque el pobre tampoco podría besar. No sólo por no contar con labios -detalle harto indispensable. Sino porque carga como sus antecesores un veneno.
Las caries, me parece, producen también uno en los dientes.
El Catoblepas tiene ponzoña hasta para matar.
Y… pero: ¿yo?... con mis ganas de besar?

martes, enero 15, 2008

Boule de suif

¿Es el ministro de economía un cerdo? No, en fin, no sé. Los registros fotográficos demuestran que nació hombre, y ya mayor y con 155 kilos de gravedad obtuvo su doctorado. ¿Son los infantes susceptibles de transformación? O ¿los cerdos capaces de elaborar tesis? O ¿Se graduó antes y transformó después?


Los rasgos se pierden en la grasa, los mofletes escurren de las sienes al emplazamiento del cuello (no hay cuello); y la gordura, de los hombros a las ancas globalizantes (unas ancas que arramblan la tierra). Caxilo posee un ministro para la dirección de su hacienda que es una abundancia y una contradicción. La canasta básica: el maíz, pan, pasta, fríjol y arroz que mal llena los estómagos de la mayoría aumenta. Los de salarios disminuidos comerán menos, mientras la panza insultante y en traje del ministro holla el espacio.

Nadie dirá: apriétense los cinturones, el titular no se los apretará.


Pero, hay gordos memorables y el sebo no siempre ahoga las neuronas: Balzac estaba inmenso, aunque no tanto. El Nuevo Mundo logra, en definitiva, prodigios de obesidad.
Consideremos antes de juzgar las razones que arguye para el aumento, quizá un cuerpo como mar de adiposo hasta favorece el cerebro.
Tres elementos: petróleo (1), interpretación liberal de la inflación (2) y nuestra famosa canasta básica de la papa (3), que se come (3), que se hubiera comido (3), sin antojos. Papa, no jamón. Pasta, no carne. Tortilla y arroz, con suerte, arroz.


La inflación es, a la base, el aumento del circulante, del dinero, privilegio exclusivo del Estado que lo emite. En general para el pago de sus funcionarios, pero también se ha dado para la simple creación de empleos y no automáticamente con malos resultados. El escollo está en la especulación de los precios (la inflación (2) en sus efectos negativos). Por la mala fama muy merecida del comerciante. ¿Por qué, en efecto, no aprovechar la conyuntura y hacer un margen de ganancia duplicado? Y puesto que el funcionario se auto atribuye sueldos de lujo, ¿no brindarse uno mismo una plusvalía equivalente? Un aumento en previsión de las mercancías en estantería, previendo que el dinero valdrá menos.

Maniobra eficaz que vuelve realidad los pronósticos: el dinero valdrá menos. Aquí el ministro de los 150 kilos apuesta por el control, con el problema de siempre, sin embargo, una apuesta sin medidas para evitarlo. ¿Cómo se llevara a cabo ese control? Vacío, control retórico y ¡viva la inflación en sus efectos negativos!

No, nos apretemos el cinturón, el ministro de economía no se lo apretará. Los pantalones se les caerán a los con poco salario y a los hombres de la tierra: los que sólo la saben trabajar, y que se la coman.

Porque el aumento del precio del petróleo (1) afecta en general los costos sobre todo los agroalimentarios, la papa (3). Cierto, y aun sin el factor hidrocarburo no hay en el mundo un sector agrícola que se sostenga a sí mismo. En los países acaudalados, por neo liberales que sean, la supervivencia económica de los trabajadores rurales pasa por los subsidios. Pero no en Caxilo: más neo liberal que el neo liberalismo, ultra o hiper es la palabra.


¿El sebo asfixió las neuronas? Y los ojos imposibilitados tras los cachetes como glúteos del ministro son incapaces de percibir que aquellos mismos teóricos (2) que exigen el abandono del campo, no aplican en su patria, lo que con tanto ahínco promueven para las ajenas.
O bien, ¿son los entre 5 y 50 centímetros de grasa que lo separan desde su doctorado del exterior los que le clausuraron para siempre el contacto con la realidad?
Un forro aislante: la Escuela a la calca de Chicago.


Pero volvamos a los cinturones que no se aprietan.
Control de precios para los comerciantes, ¿cuáles serían las medidas? No las de entrevista, labios para afuera y salgo del paso: las reales. Y puesto que los subsidios son recomendables, no según la teoría (que, al final, a quién le importa), sino
según el mejor neo liberalismo aplicado de las mejores naciones capitalistas: ¿Quiénes serían los beneficiarios? ¿Cuáles las medidas contra el abuso? Pues la tendencia a excederse en sus demandas es tan universal como el hombre y se da en el ganadero, campesino y granjero del mejor capitalismo, el exitoso. ¡Medidas!


Apretarse el cinturón, una dieta para adelgazar la teoría, afín de tocar con una pestaña la realidad. Al individuo que comerá 10 tortillas en lugar de 15. Al hambre. Ministro de economía: A dieta, al hambre artificial. No vaya a ser que en el contexto de liberalismo salvaje y de sálvese quién pueda, lo confundan con un cerdo y se lo almuercen, por mera equivocación y sin lesa humanidad, o en nombre de aquella otra: la hambruna.

miércoles, enero 09, 2008

Réquiem

Un amigo escribe sobre el accidente de una joven, yo me pongo a llorar. Los dos actos se dieron a un mes de distancia. Su relato es una crónica a partir de la vivencia con los familiares a quienes sirvió de traductor, en el complicado proceso de declarar a alguien muerto en un país de lengua extranjera.

Sin embargo, las catástrofes acaecidas durante una acción cotidiana, tan neutra como cruzar una calle o subir y bajar escaleras, tienen una seña de fatalidad. La elección con el dedo de la pelona Muerte que les puso el pie y abrió los brazos, dejándonos sobre un lecho los restos. El cuerpo lastimado que nos duele por sus heridas ocultas, y a veces por la mera transposición, ociosa e imaginaria, de sus vendajes a nuestras extremidades. Mas lo peor para la emotividad, cuando se le busca mantener a la raya, son los parientes todavía incrédulos, y el:

Sí, Señor. Sí, Señora, a su hija no la volverá a ver.

Entre la multitud de trámites inacabables, burocráticamente compasivos, que ayudan a los relojes a seguir andando.

Porque desde que se es creyente a medias, la promesa del reencuentro en el más allá está también en suspenso. Y a los catequizados chambones que somos nos queda sólo la memoria de lo que vivimos con la persona, o lo que nos faltó vivir; y, acaso, el lloriqueo ante una familia de pronto menguada de la que se supo a posteriori.

martes, enero 01, 2008

Jarabe

El Helix Pomatia es, por lo visto, una bendición. Un animalejo invertebrado que se prepara en platillo, especie de molusco terrestre y, con exactitud: un caracol comestible salvo por la concha; tan a la moda que está casi extinto en Francia y se le importa para su consumo del Este, cuyas poblaciones a la zaga en cuestión de gusto culinario no han caído en la cuenta del refinamiento de alimentarse con caracoles o limazas.

Pero a mí, lo que me tocó y recetaron no fue el platillo sino la estela del insecto: su baba. En un jarabe que al parecer es una maravilla, al 10% de la viscosidad pegajosa del limaco y con qué purificarse los bronquios con el último grito de la farmacopea naturista, amén de un 90% de sacarosa necesaria a volver tragable el potingue.

domingo, diciembre 23, 2007

Nacimiento pesebre

Yo nunca fui María. Y mi madre nunca la emprendedora doña Conchita o Amparo que lo organizaban. Tampoco en el colegio donde las monjas elegían por asiduidad a las misas dominicales y aun rosarios -a los que, es muy cierto, me ingeniaba para no asistir. Por lo que al igual que la inmensa mayoría nunca fui María, en cambio le habré hecho de animal emplumado: pato, paloma o pollo. Pues es una de las conveniencias de estas representaciones: la multitud de figurantes posibles en los que cada madre puede hacer caber a su vástago disfrazado de vaca, buey o burro en una riesgosa premonición de su personalidad futura, aunque con la esperanza siempre viva de remisión psicológica por la mera comparecencia en un acto teatral donde nace Dios.

Y ahora que lo pienso, quizá hice de ángel -digo, por lo de las plumas- pero no creo: me acordaría.

jueves, diciembre 13, 2007

Decálogo en ejercicio de aplicación

Desde el periférico Nuevo Mundo, bagatela del 75% de los hispanoparlantes, en comentario a la “Supervivencia de la novela” publicada por el metropolitano Verdú.


Yo, señores, soy la novelista del futuro que no debe de tomar en cuenta el exterior, por la simple y sencilla razón de que ya existen demasiados géneros, artes y ciencias que lo describen y por lo visto –me conozco- nada podré decir de nuevo; y, ¿qué quieren? a causa de resabios románticos persistentes: insisto en la originalidad.

Pues este género narrativo tiene el firme propósito de ser intrascendental, y no dar ninguna relectura del mundo que valga la pena, y afín de evitar hasta la chispa que aun al burdo se le escapa en una frase inesperada, perdida en el mamotreto de su obra. Limitaré los riesgos hablando únicamente de mí y como si me conociera. Por una traslación de la omnisciencia insoportable de los escritores del XIX, del objeto anterior de interés: la sociedad; al objeto postmoderno: un individuo, el yo inteligente que cuenta sus experiencias desde la perspectiva envidiable de su ombligo y haciendo abstracción de los ajenos.

Siempre en la primera persona del singular, cuyas bondades no se han suficientemente enumerado, en principio, con la confusión a la que invita al lector desprevenido: a asumir el personaje y opiniones del narrador. En la fraterna promiscuidad verbal de un vuelto yo el tiempo de la lectura.

Insisto también en la vanidad de montar personajes diferentes a uno mismo y situarlos en otras épocas y condiciones, en parte recreadas con ayuda de la fantasía e intuición. Está claro es cosa del pasado, y si algo le falló por ejemplo a Flaubert en su Bovary, fue: no ser mujer y poder recurrir al yo sin mentir.

Por lo demás, reto a mis críticos a fijarse un grado de exigencia similar al mío: sin otros referentes que un yo mudable y, por ende, en la perfecta imposibilidad de atenerme a una sola historia, en una escritura al día que olvida deliberadamente la de ayer, con tal de que sobreviva la novela aun en el Nuevo Mundo.

Y para terminar no hablaré del humor irónico que me permití en este ejercicio como del uso perruno del lenguaje. De kynikos que dio el ateniense y, a mucha honra, cínico perro Diógenes. Y aunque hablé en yo, tomo desde ya en consideración su sensibilidad y no los invitó a identificarse conmigo,

Aequis

La novela o falsa batalla de mundos

Nadie lo sabía, pero es un hecho: la novela está amenazada y afín de conservarla en este mundo durante al menos los años que siguen, un escritor dio la receta. Sólo que por tratarse de una cuestión de vida y muerte -y no de gente sino de un popular género literario,- la tal receta tomó prestado del modelo bíblico, y un buen día apareció en un periódico bajo la forma de diez mandamientos: un decálogo deontológico completo para los novelistas del futuro.


El problema, claro, es que con las reglas literarias se puede o no estar de acuerdo, y de considerarse
el asunto con atención, se descubrirá que la principal utilidad de plantearlas es el contradecirlas. De manera que se armó una polémica, cuando al autor del decálogo le replicaron.


En cuanto a la batalla de mundos, sus raíces se retrazan al primer artículo: con la idea de que se escribe novela según el continente donde se nació. V. Verdú, hispanoparlante del Viejo, creyó efectivamente hallar en la práctica que algunos de sus connacionales hacen de este género, los diez puntos indefectibles y necesarios para su supervivencia. Mientras que a los hispanoparlantes del Nuevo, nos clasificó en el estadio anterior y en vías de estar suicidando el susodicho género narrativo tan digno, sin embargo, de larga vida.


Por lo que me propuse contestarle poniendo precisamente a la obra sus lineamientos. A pesar de lamentar que la causa del desacuerdo literario no resida en el determinismo geográfico que dice. Pues habría sido muy sabroso asistir a una batalla planetaria de novelistas en lengua española, desgreñándose por concepciones antagónicas de la narración en una actual guerra de mundos: Viejo vs. Nuevo.

miércoles, diciembre 05, 2007

Vacaciones inglesas

Me tocó agua, viento y una sospecha de sol en mi visita. Inició con un chaparrón de bienvenida cuando corríamos al sombrerero que cerraba en media hora. Sobre anaqueles: un mundo de boinas, fieltros, panamas y chisteras. Y en una vitrina: un gato viejo, centenario, cubierto de polvo como el dueño, un hombre con bigotes ralos como el gato al que había terminado por parecerse de tanto convivir con la mascota disecada en aquel interior de botica entre muros con gavetas de los que habría podido sacar cualquier cosa, conejo o cráneo. Allí compré el regalo de mi padre.

El día siguiente sería de museo, pero fue sobre todo de viento. Uno que mientras caminaba se mezcló promiscuamente con la lluvia, volteó los paraguas, se pegó contra la cara y jalando las mejillas nos deformó los rostros a los peatones que ya andábamos como gárgolas, escupiendo agua. Entonces es uno: puro cuerpo y sensación de frío. Los zapatos y pantalones entre húmedos y mojados, con el abrigo de lana oliendo a oveja calada. Y no importa que se vaya a ver obras mayores del genio humano, se llega con los músculos en carretera de escalofríos, para toparse a la entrada con una escultura descomunal de araña: ocho patas gigantescas con vientre. A lado de la cual se es minúsculo: con nuestras vértebras encogidas igual que las articulaciones del insecto, y ganas de reptar hasta la cafetería a recalentarse con un té el pecho, mientras bajo el paraguas y sobre el hormigonado se acumula un charco. Pues el prestigioso museo Tate hace ostentación de su contemporaneidad con el uso al desnudo de sus materiales: suelo de cemento, paredes de cemento y techo en lámina, lujurioso.

Sin embargo, prefiero las galerías cuyas salas no semejan bodegas, al menos durante el invierno. Y el lunes con un sol blanco, pocas nubes y aun viento, fue de una intimidad victoriana en una inmersión al actual puritanismo británico con motivo del pintor Sickert. A quien se acusó recientemente de asesino, décadas después de su muerte, porque se le ocurrió titular unas obras a partir del caso no resuelto del homicidio de una prostituta. La autora de la teoría afirma él es el culpable, pues habitó a la par que miles de londinenses en el mismo barrio ; y tan cree en eso que nada disminuye su convicción, ni siquiera el hecho de que al momento del crimen viviera el artista en Francia. Mas a despecho de quienes concurren a la exposición atraídos por el morbo de la serie “Asesinato en Camden”, los cuatro lienzos con ese nombre no lucen una sola gota de sangre pictórica. Son desnudos de mujeres en habitaciones pobres, sobre la cama, exponiendo su carne exuberante de servidoras sexuales. Y toda la culpabilidad de Sickert parece residir en que siendo de la misma nacionalidad que Cromwell -famoso guardián de la virtud pública y que en su celo prohibió la música y danza por pecaminosas-, se atreviera a pintar mujeres del muy común en su atuendo de trabajo -o falta de él- olvidando era inglés.

domingo, noviembre 25, 2007

Lata de sardinas

El tercer vagón del único tren en pasar de la línea metropolitana del cocol, al que me subí porque tenía muchas ganas de ir a festejar el cumpleaños de una amiga, llegó atestado. Las puertas al abrirse expulsaron un manojo de personas, enseguida eché un vistazo: el interior era una pared de cuerpos con ropas abigarradas de la que sólo se percibía la primera fila. Sobre la plataforma no era la única, decenas de individuos se agitaban nerviosos y los primeros intentos por treparse se llevaron a cabo.

Se trataba de entrar al cubo metálico del vagón repleto. Por suerte, aunque hay objetos no comprimibles, la masa humana sí lo es, y me inmiscuí espetando a cada empujón un "perdone" o "disculpe" hasta quedar como cuña entre hombros, en un relativo confort entre gente de la misma mediocre estatura que yo, con acceso a un aire viciado, pero aire vaya, entre una muchedumbre no tan densa. La cosa anduvo sobre ruedas o rieles, y yo como cuña hasta una estación en donde no obstante bajaron muchos, quisieron subir muchos más.

Entonces empecé a verles la cara a mis vecinos a la molesta cercanía de 15 o 20cm, a cuidar mis bolsas que aplastaban y agarrarme con uñas y pies. A cada curva, el hato humano del que formaba parte se tambaleaba; y al mínimo desacelere había un choque en repercusión serial de la manada encerrada. Un joven con barba de chivo parecía demasiado feliz por la proximidad con el sexo opuesto; pero fue un anciano el que nos preocupó a los pasajeros, cuando un hombre procuró subirse a toda costa.

La técnica es dar la espalda a los viajeros y a pesar de no entrar, impulsarse con las manos y pies que ya empuñan el marco de la puerta. Para hacerlo se requieren un volumen y altura importantes, y en efecto el hombre era un bodoque. La espalda la fue a poner contra el anciano. El anciano se quejó. El hombre se enfurruñó alegando el derecho de acceder él también al transporte público, mientras con el lomo comprimía el pecho del de por sí apopléjico. Ni el hombre cabía ni la puerta cerraba, y sólo el rostro del oprimido volvíase tornasolado. A la gente en el vagón, a pesar de viajar como animales y sentirse como tales, les dio por iniciar un murmullo en favor del aplastado. Con precaución, aprovechando no los veía el mastodonte, con reclamos que no pasaban de un diapasón tímido de voz. Mas así serán los derechos a tomar el metro, aquél insistía. Yo no lo podía creer. Un hombre aplastado por otro, no alegóricamente o por accidente, sino tal cual: por la bruta fuerza, adrede.

¡Imbécil, bájese!

Habría sido hermoso me hiciera caso y se apeara, y quizá al ochentón no lo apachurró por completo; pero no lo sé, porque quien terminó bajándose fui yo.

jueves, noviembre 15, 2007

La fascista

Con el ojo izquierdo guiñaba y sobre el regazo, la cabeza del amante. La muchedumbre se juntó haciendo alarde de soltura, con odio, con el hasta ver no lo creo, o bien esa falta de respeto, el manoseo mental de lo antes inabordable. La postura de ambos fue a la solicitud expresa de la gente: Mimen, ordenaron, jueguen otra vez a amarse. Y Clara obedeció llamando con una seña a Benito. Y Benito colocó el peso inerte de su cráneo quincuagenario sobre el abdomen suave de ella. El montaje lucía perfecto, la multitud estaba contenta. Los asistentes habrían pagado aun en su precariedad el precio del espectáculo, aunque fue innecesario: era de plaza pública, abierto a cualquier curioso o miliciano en vacaciones entre dos batallas.

¿Quién dio la orden? Nadie entre los jefes se declaró responsable.
¿Quién mandó se les condujera a Milano? Otra vez nadie.
¿Quién que actuaran en la plaza?
Para qué gastar tinta: nadie de quien quedara un nombre o constancia.
Ningún comandante en todo caso, puro voluntario fortuito, tropa, pelusa en un alud democrático de iniciativas espontáneas, que disgustó al conjunto de las autoridades aliadas y los puso por una ocasión de acuerdo. Pues se puede ser adepto de un gobierno teócrata, republicano, monárquico parlamentario o comunista colorado; pero, aquí o en China, el principio de las fuerzas armadas es siempre el mismo: los ejércitos funcionan a base de órdenes y jerarquía. Y la circular era redundante: esperar el juicio en forma, evitar la premura tan sospechosa de los sumarios.


Mimen, jueguen otra vez a amarse. Si eso ordenan, pensó Clara sintiendo la cabeza amada sobre el vientre, mientras su ojo izquierdo guiñaba afín de mejor contemplar con el derecho, la bóveda que no el gent
ío, la nuca mal apoyada en el reborde inmundo de una acera. La multitud comentaba su pose de amantes entre susurros, hasta que una expresión bronca de insulto, irrumpía toda cautela para quedarse retumbando como oprobio antiguo en los tímpanos de los espectadores. La representación era un éxito, pasadas las doce fue evidente, pero también que la actuación discreta, debía de modificarse, para complacer a las turbas nuevas que acorrían a la plaza y deseaban con ansias, ver.

Benito, ¿qué nos pedirán ahora?
Musculoso, bofo, el duce no contestó. Quizá murmuraba aun ese ruego que Clara Petacci no atendió: Vete.
Vete, mientras todavía es tiempo. Dile a tu hermano, adelántense a Suiza, all
á nos vemos.
El hermano Marcelo, hoy
igual que ellos, comediante a la fuerza a unos pasos.

No, Benito, me quedo. Ya ves que no es difícil, haré lo que ordenen, al parecer son voyeuristas y sólo quieren nos amemos.
El duce recostado se tragó su impotencia, mientras observaba a los bomberos acercarse con intenciones de cambiarles el escenario.

La estructura de una gasolinera satisfizo a la mayoría, desde allí seguro los apercibirían, aun el miope o estrábico recién desembocando por un extremo en la plaza. Un lugar ideal por su simbolismo de desquite, a saber, el mismo donde meses antes se ajustició a partisanos comunistas. 15 entonces, como hoy 17. Para diferenciar, a los fascistas los colgarían de los pies.

Clara, ¿qué miras? Le preguntó Mussolini balanceándose al impacto de un disparo que lo tomó por blanco, uno entre los varios que le dispensarían el tiempo que estuvo colgado boca abajo, de la gasolinera Esso, con los brazos al aire en un grotesco “me rindo” duradero .

Ya, nada, Benito, pero dime: ¿se me ven las piernas?
No, no te preocupes. El capellán ató bien las faldas, ni tus muslos ni sexo.

miércoles, noviembre 07, 2007

Emiliano Zapata

No es un comercial, pero:
¡Por un ayate de cervezas!
Uno más, el tercero, en una borrachera que le costó la vida; mas: ¿cómo
no aprendió del fin de su hermano acribillado tras un pleito de cantina?
Pues, señores, es que la experiencia no enseña: o deja marca o se olvida. Y Emiliano, hombre de revoluci
ón, fue inmune a ese tipo de trauma psicológico, a las mentadas vivencias de las que uno sí se acuerda.

Pero volvamos a la cerveza, en 1919 es una bebida con caché relativo, con un aroma a limpio, a auto, a nickel y ciudad. Diferente en sus connotaciones mentales a las imágenes que despierta el licor lugareño: áspero como el aguardiente, con su sabor inequívoco a hoja maguey o caña, en el que aun apesta la tierra.

Y de la tierra, en sus veladas, Emiliano Zapata no quería saber nada. Le bastaba con haber luchado, con luchar desde 1910 por ella. En una revolución que todavía no llevaba ese nombre, contra adversarios remplazados como cartas de juego, unos por otros en la larga sucesión de asesinatos, traiciones y actos legítimos de violencia que ensucian cualquier guerra, en particular las civiles.

En un combate por el terruño que él continuaría, a pesar de la Constitución promulgada, a pesar de esas leyes que le arrebataban el motivo mismo de su lucha, al restituir no sólo la tierra a los campesinos poseedores; sino plantear -¡qué espejismo!- la opción de un reparto para el hasta allí desposeído.

Frente a tales promesas, Zapata se encogía de hombros, lacónicamente, a su manera: los hombres no cambian, las circunstancias sí, y una revolución es, en principio, un panorama modificado a la fuerza, al que se adapta luego la gente, involuntariamente, porque no hay de otra.


El líquido áureo en las botellas transparentes de vidrio, la cerveza industrializada, era un artículo de consumo escaso en Morelos, región de cañaverales, remolacha, azúcar y aguardiente. Y constituye para quien hojea las notas sobre el asesinato de Emiliano Zapata, un misterio. Porqué entre la masa heterogénea de detalles, incidentes y datos amorfos que describen el acontecimiento, subrayar precisamente estos:

Que en el casco de la hacienda, el coronel Guajardo con su regimiento había urdido una traición para matarlo, y en la espera bebía cerveza, desde temprano, junto a los emisarios campesinos que aguardaban el parque -los miles de cartuchos acordados por el dizque militar amigo.

Mientras en su rancho, a poca distancia y entre su gente, el caudillo sureño tragaba, directo de la botella, también cerveza de una provisión en sacos de ayate, enviada por el coronel, en una aparente competencia por embriagarse cada cual por su lado.

Que ese día, la emboscada computaba una mínima probabilidad de éxito: Zapata nada tenía qué hacer en la hacienda del regimiento. Pero a las 12, el líder se exasperó y avanzó hacia la trampa en un proceder inexplicable por parte de un individuo desconfiado nato que siempre sospechó de los militares y políticos de cualquier denominación o bandera. Lo seguía su escolta, un centenar de hombres a caballo.


Tan fuera de su costumbre y de toda prudencia fue ese movimiento, que acaso dio pie a que algunos testigos hablaran de cerveza. Del alcohol de cebada que a falta de alimento le sirvió de desayuno, de las botellas en dos ayates, de los mensajeros, del intercambio mutuo de invitaciones que culminó con la modificación del plan y jornada: ¡Por un ayate de cervezas! El tercero, afín de beber más a sus anchas.


En la entrada de la hacienda, un doble pelotón, los 22 hombres de guardia se levantaron para presentarle las armas. El trompeta clamó
, tres veces, la llamada de honor, de pronto, cuando Zapata ya estaba en el patio y en la polvareda de los cascos, los fusiles mudaron a “apunten”. Cayeron treinta, entre heridos y muertos, el rostro contra la tierra, creyendo todavía en ella, aunque con la malta y cebada burbujeándoles en la barriga.

martes, octubre 30, 2007

Soy

Una sonrisa
en vilo
de gorrión sin alas

o una pluma
una sola
extraviada

borra descosida en el aire
y c
álamo que no firma nada
pluma tan tibia del pecho
de aquel gorrión sonriente sin alas

lunes, octubre 22, 2007

Con estilo

Se supone me muera en los brazos de él. Él es Calisto, cuentista, amigo y actor amateur. Morirse no es fácil. En mi primer intento no me atreví, y me quede acusadoramente en vida con los brazos a medio extender, oyendo y asintiendo a las merecidas desaprobaciones del elenco. El segundo intento fue otro fracaso: avancé unos pasos y ya a punto de enlazarnos, frené como un fantoche, enmedio. Al tercero, me hicieron a un lado.
Sandra, profesora de liceo
, me enseñaría. El director observaba. Y es cierto que se lanzó, se abrazaron y allí mismo se murió ella, de pronto, en masa inerte, un verdadero saco de papas desparramándose con su contenido de tubérculos por el suelo, mientras yo me desorbitaba los ojos para aprender cada movimiento.

Pero, no: morirse no es fácil. Así, tampoco era. A nuestro director le resultó demasiado telenovelesco. Había estudiado en Moscú y prefería la actuación del tipo interiorizada, vaya, la escuela rusa. Y esa era la razón por la que nos había elegido a nosotros como sus personajes. Sólo después de identificar determinadas vivencias en nuestros cuentos, de los que era un lector ocasional. Según sus premisas, para representar un papel, había que contabilizar un recuerdo personal que saldría a flote en la caracterización del personaje afín. En cuanto a la multitud de agonizantes y desfallecidos en la obra, la explicación radicaba en que con ella se iba a celebrar el Día de Muertos, en un pequeño auditorio local.

Continué ensayando. Había que aguardar hasta el “crescendo”, un acompañamiento musical idóneo de cementerio donde las notas ululantes se apelmazan paulatinas, y sobre todo esperar. Esperar para abrazar y desplomarse, el "rumor de las hojas muertas". La oreja tensa, oí como la música se henchía y aunque abracé a Calisto en el buen instante, lo hice con tal cuidado y, en breve, me morí con tanta precaución, que las críticas me llovieron tupidas:

¿Acaso, no me había yo nunca muerto antes? No, bueno, que me lo imaginara. En principio, abrazar y caerse sin miedo: Me sostendrían. Y, ¿si no? Si no, un chichón, que visto con objetividad y para alguien que precisamente acababa de morirse no era nada.

Tercer ensayo y por fin supe cómo me muero. Con elegancia, merced a las útiles indicaciones de dos compañeros: La música ulula entre cruces postizas, la hojarasca húmeda se pega a los zapatos. Yo lo veo, él estaba allí, y sin correr –me han dicho de no hacerlo- nos encontramos, para caerle yo enseguida con todos mis kilos en los brazos, mientras él gira despacio y me coloca al ras de la tierra en humana hoja muerta -y, con suerte, sin tropiezos.

lunes, octubre 15, 2007

Leyenda sin miedo

Se desconoce su nombre, vestía de blanco hueso, blanco cal, luna o mortaja; y surgía de la boca como llaga abierta de la noche para irse a recorrer la ciudad, entonces viva de los aztecas.
Una ciudad lacustre, con sus bloques de casas pulcramente plantados entre canales que recorrían las barcas de calado bajo; con su poblaci
ón dormida, salvo por el clarín que desde la plaza resonaba marcial, fijo y alerta. La urbe tenía vocación bélica. La doble pirámide principal honraba a las deidades titulares: la lluvia y la guerra. Mientras a un costado, oculto entre pirámides y palacios, se alineaba un templo minúsculo rectangular de paredes empotradas con cráneos. Pues nada en el Nuevo Mundo era evidente y la vida menos que cualquier otra cosa. De la mujer no se recordaba el nombre, le decían: la Llorona.

La Llorona, así: sin respeto y con cariño, porque ante las penas muy grandes no hay mejor forma de aproximación para un tercero que la burla inocua. Y la mujer era infortunada: una madre que perdió sus hijos. El epítome de la tradicional desgracia femenina. En un suceso acaecido hacia mucho tiempo que si se supo ya se había olvidado, porque la mujer que lloraba con su lamento característico en las tinieblas de la ciudad entumecida, estaba también muerta, y ni los más viejos rememoraban haberla conocido viva. Con ella, ciertos días y horas, entre ese pueblo de aguerridos que se habían dado por tarea, la titanesca de conservarle al sol su fuego en movimiento, ni el más valiente habría querido encontrarse. Aunque fuera bella. Una belleza de pelo lacio y negro, con ojos vivaces que se habían cansado de lagrimear y miraban con la peor ternura: la sin objeto. Una ternura inútil, botada en caricia suprema al viento.

Un caballero águila se tropezó con ella, una tarde aciaga a la vuelta de una acequia. De ese encuentro le quedó un tic, un pliegue ridículo del ceño.

lunes, octubre 08, 2007

Dos mundos

Apareció de repente. Pústulas. En la boca, cara, cuello, a lo largo del tronco y en las extremidades. Era una enfermedad como la muerte común a villanos, medianía y reyes. Cuando llegó al Nuevo Mundo, su poder letal fue tan grande que aun se conserva la genealogía de los portadores hasta la inoculación en los nativos. Aparentemente fue un negro quien tuvo la triste fama de ser el primer enfermo de viruela en tierra firme, quien se la pasó a un español que se la pasó a un nativo que se la pasó a medio continente. Lo que haya sido, el hecho es que de ésta perecerían uno de cada tres habitantes.

Para los aztecas esta epidemia sucedió en el peor momento: el de reorganización ante el enemigo. En su ciudad, muy pronto, ya no se habló de ofensiva sino de defensa, y luego sólo del resguardo de algunos espacios claves. Y no influyó el que afín de confortar a los ánimos y dioses ofrecieran en sacrificio a cualquier enemigo en un ceremonial simplificado que seguía, sin embargo, culminando con el corazón de la víctima en manos del oficiante y de la sangre, que manaba afín de que el dios sol amaneciera de nuevo y el mundo suyo se salvara. Pero: o no sacrificaron a los suficientes o, en el partido contrario, los tlaxcaltecas sacrificaron a más. Lo cierto es que meses después, los sorprendidos fueron los españoles y sus aliados, al constatar los estragos de la viruela sobre la ciudad. Las casas abiertas apilaban los cuerpos, y se necesitó toda la valentía y locura del oro para que se arriesgaran a entrar en busca de botín. Aventurándose entre alimañas carroñeras y yendo en la penumbra quizá a topar contra un muerto solitario, reciente, el rostro devorado de pus y que los podía contagiar.


Mas lo que ambos bandos ignoraban era que a esta arma biológica a la cual para serlo no faltó sino la intencionalidad, había ya replicado el Nuevo Mundo al Viejo con otra, de menor interés táctico, pero con un futuro endogámico también muy prometedor: la sífilis.

sábado, septiembre 29, 2007

Anti depresivo literario...

...con peligro de adicción, precedido por recomendaciones varias.

A más de tomar la pizca de sol que haya si hay, guarecerse en lo posible de la lluvia, echar mano de ese artefacto de estructura metálica plegable y lona, cuyo extremo, de maniobrársele sin cuidado, es susceptible de vaciar un ojo
al prójimo: del paraguas. Pues pocas cosas son más deprimentes que sentirse calado, sobre todo si estaba uno ya antes cabizbajo, pocas excepto el recibir en esas condiciones unas ráfagas de aire frío como cachetada sobre mojado.

Una vez listo usted para salir y muy pertrechado con su paraguas, proceder enseguida a poner en movimiento su propia masa, a saber el cuerpo, que se espera no sea considerable -sin discriminación estética, nada en contra de los gordos, la parte de pintora que tengo los aprecia, y sólo lo menciono porque para la cuestión anímica es mejor sentirse ligero, pero no paren mientes y continúo-, trasladarse entonces con su cuerpo exuberante, flaco, rollizo o muy rollizo hasta la biblioteca más cercana en busca de alguno de estos libros:

En español:
Vargas Llosa, "Pantaleón y las visitadoras"
Cervantes, "El Quijote", remitirse directamente a los capítulos XVIII y XX de la 1ª parte.

En inglés:
Bernard Shaw, "The Chocolate Soldier"
Henry Fielding, "Joseph Andrews"

Francés:
Louis-Ferdinand Céline,"Casse-pipe"
Louis-Ferdinand Céline, "Mort à crédit", episodio de la travesía del personaje con sus padres hacia Inglaterra.

Alemán:
Bertolt Brecht, "Die Dreigroschenoper"


Y si por desgracia la biblioteca a la que está inscrito es tan mísera o especializada como para no contar con estos títulos, o bien algún, no diré desgraciado, pero
cuán desconsiderado individuo tuvo la misma idea antes: Respire hondo y no se impaciente, el tal, debe haber estado al punto del desplome nervioso, y el habérselo cedido fue un puro acto de caridad, aunque involuntario, del que puede enorgullecerse.