miércoles, diciembre 19, 2012

¡A-lerta!


La bomba voló veinte metros sobre el espacio despejado, dio contra el piso y rebotó fumante sobre el cráneo del profesor de teatro, que chocó los dientes y cayó como una masa. Allí terminó de escupir su fumarola lacrimógena roja, pues en ese día los presentes pudieron llorar en cualquiera de los tres colores del lábaro patrio. Las bombas fueron de esos colores. Y al catedrático le tocó roja.
Al mismo tiempo en el centro de la ciudad, un hombre perdía un ojo en medio de la barricada de escudos de los policías. Y lo último que vio su ojo desorbitado fueron los pies, las botas reforzadas y no el mazazo que se lo reventó. El policía responsable habría limpiado su palo de la leche ocular sobre los huesos de otro manifestante, contra el que enseguida arremetió. Y al hombre le quedó escurriendo un rato la retina sobre el cachete sangriento, una especie de escama sorprendida.
Minutos después caería muerto un joven, en el cuenco entre la acera y la calle,  en las cercanías del  Palacio Legislativo y no muy lejos de donde yacía el catedrático con el cráneo perforado y su cerebro a la vista. El joven cayó muy despacio, tan despacio que parecía querer decir algo con su caída:
- Balas de goma.

Al viejo lo apalearon en completamente otros rumbos de la ciudad porque regalaba libros a los policías y desde hace un año en una anterior Feria del Libro, ya se sabe lo que ha de pensar el actual gobierno de los libros:
-Libros no, televisión sí.

Respecto a la actitud que se debe tener con los policías, las opiniones difieren. Numerosos fueron aquéllos que en plena calle y por tratarse de ese día tan especial se les plantaron enfrente e intentaron el diálogo:
- Señores, pueden abstenerse si la conciencia o su reglamento les dice que no.
Pero el reglamento a los policías no les decía nada, o mejor dicho no lo habían leído,  y en cuanto a la conciencia debía de ser el equivalente al valor de tener un trabajo, y el trabajo consistía en una obediencia canina al jefe, y el jefe en ese instante les hacía señas de arrestar al que sobresaliera, como el buen samaritano que entonces los arengaba.
Otros más dubitativos sobre la posibilidad de entablar un diálogo con gente pertrechada tras casco y escudo y con en la cintura, un mazo y pistolas, optaron por aseverar muy simplemente aunque en voz alta la libertad que ejercían a estos autómatas en coraza:
-Estamos por la libertad de expresión.
- y de manifestarnos
-… en paz

- Están locos, les había dicho, son perros están entrenados para morder.
Pero había que ver el evangelismo de los compañeros:
-Estamos por la libertad de expresión.
- y de manifestarnos
-… en paz, ¿por qué diablos nos habrían de detener?

Porque el jefe policíaco se relamía los bigotes mostrando de reojo al individuo señalado para el arresto, pero como su jauría no reaccionó con la celeridad deseada, actuó en principio él solo colándose a espaldas del orador, lo empujó hacia los policías quienes lo ‘encapsularon’ y puestos ya en calor lo sometieron, lo callaron a patadas.
- La libertad de expresión…

La libertad se fue de boca en boca por la calle:
-Suéltenlo….
-No está haciendo nada.

- ¿Cómo que no? ¿Estaba hablando o qué no?
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